martes, 17 de noviembre de 2009

El Discurso

Son las tres de la mañana y yo despierta. Como siempre. No es extraño que no me sienta cansada. Me siento estresada, pero de una manera diferente. En cuatro horas tengo clases, dicción es la materia y un discurso es el examen. No tengo problemas para hablar en público, los que me conocen lo saben, tampoco tengo problemas para desarrollar un tema, tengo problemas para aterrizar ese tema en lo que quiero comunicar dentro del tiempo límite.

Me explíco: tengo entre cinco y siete minutos para hablar de un tema libre. (El concepto de la mujer moderna). Cuando me explicaron en que consistía el dichoso examen no me preocupe. Grave error. Al principio muchos temas se me ocurren -y no digo que no pueda desarrollarlos-, el problema es el como lo hago dentro del limite de tiempo. Hablo muy rápido, y por más que quiera disminuir la velocidad, no puedo. Es mi forma de hacer las cosas. Es mi forma de hablar. Mi forma de ser.

Ahora, si resulta que logro modificar la velocidad temeré ser muy lenta y que el tiempo se me acabe y no termine de exponer lo que quiero. Porque para esto, el discurso tiene que ser para convencer, es decir, persuasivo.

¿Como lograr que el tiempo y la velocidad (mi velocidad) se ajusten perfectamente para llegar a un buen resultado?

No lo sé.

Dentro de cuatro horas lo averiguaré. Al fin y al cabo soy periodista, trabajo mejor bajo presión.

Nos estamos viendo.

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