jueves, 31 de diciembre de 2009

Actualizando

Hoy, último día del año, no tengo nada que decir.

Ya veremos mañana. Veremos que nos trae el próximo año.

Feliz noche vieja y una mejor Noche Nueva.

Saluditos.

Liz ;)

miércoles, 9 de diciembre de 2009

CRÓNICA DE UNA NOCHE EN URGENCIAS

En una de mis clases, Taller de prensa II, se me asigno como trabajo final una crónica interpretativa. Me encanta este género, sin embargo por cuestiones de tiempo y organización. (O sea, las posadas, fiestas y lunadas) No tuve tiempo de escribir una buena. Y en cambio entregue una que escribí mientras mi mama estaba una noche internada en el hospital. Mas que interpretativa es simbolica, además de muy personal. Es por eso que es un placer compartirla con los que me hagan el honor de leer mi blog. Se las dejo aqui, y nos vemos luego. Saluditos.
Pasaban de las dos de la mañana cuando llegue a mi casa. Mi mamá escucho que llegue y pronto me mando llamar. Nerviosa, me acerque a su cuarto.

- Hija, ¿Me traes una pastilla?-
- ¿Le duele algo? – pregunta tonta, pero imposible de reprimir-
- Si, me duele el estomago.

Rápidamente me dirigí al Botiquín familiar, una cajita de mimbre con inyecciones, montones de pastillas y sueros. Encontré la pastilla, le arrime agua y se la llevé a la cama. Entre quejas y lamentos se la tomo y me fui a dormir.

Por la mañana, olvide el incidente, hasta que me volvió a llamar pidiéndome otra pastilla. Se la lleve y le insistí en ir a Urgencias. Me dio un rotundo no.

- Terca - le dije. Pero bueno, al fin y al cabo es una mujer criada en el rancho acostumbrada a trabajar arduamente a pesar del clima o el cuerpo. Se recostó de nuevo. Y yo me fui.
Horas después se levanto por su propio pie y se fue a Urgencias. Me enteré varias horas después por una de mis hermanas. Molesta, decida a regañarla y preocupada por su estado me dirigí con ella. Mi papá y una de mis hermanas la acompañaba, pero aun así, mi disgusto no cesaba. Llegue al lugar cerca de las diez de la noche y lo primero que note fue el montón de gente que había ¿Será que no estoy acostumbrada a las emergencias y siempre esta así a estas horas? No lo sé. Francamente no quisiera saber. Cuando entre en recepción me dieron la información que necesitaba de mi mamá y me dirigí directamente con ella, sin vacilar, con seguridad, como si la situación fuera muy común para mi. Note el olor a alcohol y los mosaicos blancos del piso manchados, no quise detenerme a pensar que los provocaría. Levante la vista buscándola, estaba en una esquina, arrinconada, en la última camilla, acostada y con suero. No la vi pálida, clásico de un enfermo, y mucho menos cuando me vio y su rostro se ilumino con una sonrisa. Me desarmo totalmente. No pude regañarla, me acerque y simplemente le pregunté como seguía. Mi papá, mi hermana, ella y yo platicamos y reímos de unas cuantas tonterías hasta que finalmente nos dejaron solas. Me asignaron el “turno nocturno”. Me senté junto a ella y le dije que descansara. Mire mi silla en el angosto pasillo, y pasee mi mirada por las camillas de frente y alrededor. Un niño de cinco años estaba de vecino de mi madre, “Posible caso de Influenza” decía el papelito en la pared sobre su cabeza. Sonreí al ver a su mamá preocupada. No por la situación, si no por lo irónico de mis pensamientos. Tal vez en un futuro, este niño este sentado al lado de su mamá, igual que yo al lado de la mía, con una reprimenda contenida y con una sonrisa al saber que no es nada grave.
La mamá de Fabio es muy simpática y pronto me hace conversación. Hablamos hasta que nuestros enfermos se quedan dormidos. Me cae bien, y más su hijo. Es un niño tranquilo, no de esos que lloran toda la noche. Me canse de estar sentada. Salgo un rato a estirar las piernas. Casi son las dos de la mañana, antes un amigo me había regalado un cigarro. Mi cuerpo pide café. Busco la maquina. Decepción.

- Ya la quitaron - me dice un guardia. Hago gestos, le doy las gracias y me voy, camino entre pasillos, camino… camino…. Me siento como león enjaulado. Diez pasos al frente, dos pasos hacia atrás, media vuelta en un pie, ocho pasos de nuevo. Ya no se como distraerme. Mis pensamientos me atrapan. Los hospitales siempre me han dado un poco de miedo.
Mientras controlo mis nervios salgo a tomar aire, me siento en el área de ambulancias. Enciendo mi cigarro y observo a la gente distraídamente. Repentinamente una señora sale, los ojos llorosos no se notan mucho, mira a sus parientes detenidamente y con una palabra dicha casi en susurros, da a entender que su enfermo murió. Palabra sentenciante: “Ya”. No espera respuesta y vuelve a entrar, los demás sueltan el llanto, otro se muerde el labio conteniendo el gesto y uno mas, el más joven llora en silencio. Me hace pensar que tal vez era una persona mayor. El llanto no es ostentoso, si no más como de resignación. Me siento incomoda, una intrusa. Como si estuviera viendo una escena en la que no tengo nada que ver. De hecho así es. Yo no tengo nada que ver, lo siento mucho por la familia, pero supongo que a todos nos llega nuestra hora.

Recuerdo aquellos días cuando yo estaba enferma: Depresión severa fue el diagnostico. Cuando el doctor lo dijo en voz alta, creo que ni reaccione, solo fue una exclamación de “¿Y que sigue?”.
Muchas veces, aún medicada, pensaba en adelantar mi hora. Nunca me atreví. Sentía que era una falta de respeto para mis padres. Y al menos, en esa área, siempre fui muy estricta.
Respeto a mis padres vuelvo a pensar y camino nuevamente dentro, dejando los llantos y sollozos a mis espaldas. Regreso al lado de mi mamá, esta despierta, me pregunta donde he estado y yo comienzo a contarle todo.
Como lo sospeché mi mamá se entristece y me pide que resé por la familia. Le sonrió abiertamente y le digo:

- No gracias, ya sabe que no soy católica - me hace una mueca y me da más risa, fue casi infantil. Me sonríe también y después se queda callada. La miro detenidamente y veo que tiene los ojos cerrados. Esta rezando, pienso. Suspira fuertemente y se vuelve a recostar. Yo me siento en mi silla y mi “pasillito”.
Casi pasa otra hora, vuelvo a salir cuando me llega un mensaje. “Estamos afuera, salte”. Mis otras dos hermanas. Les pido que entren, se niegan, alegan que les da “cosa”. Les reprocho su actitud tonta, pero no las obligo. Comienzan a preguntar por el estado de mi mamá y les comento lo que dijeron los doctores:
- Esta bien, solo es un dolor de espalda muy fuerte, le van a hacer radiografías pero ya se siente mejor. Solo esperamos que se termine ese suero y la dan de alta. - Mis hermanas suspiran tranquilas. Me miran y saben que estoy cansada. Tratan de distraerme contándome su día. Lo logran.
Así estamos: una plática fraternal con un poco de frío de madrugada; y no puedo evitar pensar en la persona que murió y la familia que lloro ahí mismo, no hace mucho tiempo.
Súbitamente llega un taxi casi quemando llanta, un señor se baja rápido y abre la puerta trasera, toma en sus brazos algo y corre dentro. Pasan a nuestro lado y veo a la chica. Una señora y un niño bajan después y los siguen apresuradamente. Mi hermana los mira. Todos entran rápido y pronto unos estudiantes de enfermería corren tras ellos. Mi hermana me mira y dice convencida:

- Intento de suicidio.
- ¿Cómo crees? - Le pregunto escéptica.
- Mira las caras de los papas, es más de pena que de preocupación. - Los miro nuevamente, tal vez, le concedo con el pensamiento. Después de todo ella es la que estudia psicología.

Mis hermanas se despiden, mandan saludos a mi mamá y se van. Saben que voy a estar al pendiente y no se preocupan. Vuelvo a entrar a la zona de camilla y miro a una habitación privada, alcanzo a escuchar brevemente una conversación:

-¿Qué le paso? – pregunta un doctor
- Este… bueno… mmm, pues se tomo unas pastillas – contesta el señor.
Trato de ver a la paciente: la niña del taxi.

Me hace pensar nuevamente en mis tiempos de enfermedad ¿Mis padres tendrían esa cara? ¿Yo me hubiera tomado pastillas? ¿Cuáles se tomaría la niña? ¿Yo viviría o cumpliría mi meta? No lo se. Y otra vez, no me interesa, ahora estoy bien, estoy viva y estoy cuidando a mi madre.
Me siento junto a ella y le platico de mis hermanas y del taxi.
- ¿Cuántos años tendría?
- Tiene mami,- la corrijo- no lo se, tal vez 15 o 16 – respondo encogiéndome de hombros.
- Muchachas mensas – dice ella negando con la cabeza - ¿Por qué harán eso?
Me quedo callada, la miro a los ojos y le digo tomándola de la mano:
- Es gente enferma mami, no debe juzgarla. - Y tal vez a usted le hubiese tocado lo mismo, agrego en mi mente.

Lo bueno de ser mayor de edad, es que si te enfermas, tú decides decirles a tus padres sobre algunas cosas. Yo decidí no hacerlo. Ellos solo sabían que tomaba medicamento porque estaba enferma, nunca supieron de qué. Nunca preguntaron, nunca confesé.

Más tiempo pasa entre gota y gota del suero. Todo parece ser más lento. Me concentro en eso. Mi mamá duerme. Pronto amanecerá.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Llorar

Ayer vi rojo por primera vez en mi vida. Sentí que si no me detenían cometería una estupidez y casi la cometo. No se si fue una fortuna o mala suerte que me detuvieran. El punto es que cuando me calme, pensé, sentí y lloré.

Ultimamente lo hago mucho: llorar. Es increíble pensar como algo tan simple puede ser tan molesto y tan liberador.

Cuando estuve en depresión recuerdo que para mi llorar era el pan de cada día, pero me sentía tonta, humillada, débil, estúpida.

Hoy, llorar significa frustración, dolor e impotencia. Una misma acción. Diferentes significados. Lloro porque me duele perder a mi hermana. Lloro porque sé que no puedo hacer o decir nada. Lloro por impotencia. Lloro de coraje. Lloro de miedo. Y lloro porque no se que más puedo hacer.

¿Por qué no puedo llorar de felicidad? ¿Tendré la suerte de estar viva para poder hacerlo?

A como voy... a como vamos... lo dudo.

Lo único que puedo hacer es lo mismo que siempre he hecho: escribir.

En algún momento, todo terminará. Mientras, escribir me liberará.